En el bosque fantasma (2020)
Cueva de hojas
Camino entre los eucaliptus
de Parque Luro.
Hace años visito ese umbral
donde los pinos se arquean
formando su propia noche en la tarde.
La infancia retorna al cruzarlo,
la parte de ella que recuerda
flashes de una vida anterior:
Imágenes de cielos
pero de ninguna tierra
me hacen saber
que pertenecí al mar.
Cuando salgo
llevo conmigo
el silencio de los
árboles,
un viento que despierta
el perfume de las gardenias
y petunias en mí.
La casa rodante imaginaria
Soy el eslabón
entre lo civilizado y lo salvaje,
a la mañana estoy en la ciudad
por la tarde en las sierras.
Las comadrejas
esconden su corazón
bajo el pasto,
las bestias sufren
pero son mudas.
Los animales no pueden mentir
como nosotros.
Un día recibí una visita inesperada,
dejé la puerta abierta
y fui a recolectar leña,
cuando regresé,
un carpincho tapaba la entrada.
Me acerqué y sacó los dientes,
ofrecí un ramo de hierbas,
lo olfateó y empezó a comer,
cuando se detuvo
me miró como diciendo:
¿No vas a comer?
Probé un poco del yuyo verde
y el roedor gigante
me gruñó y se fue.
Al día siguiente volví
a la misma zona,
prendí un fogón,
mirando las llamas
pensaba que las pesadillas
se cumplen más que los sueños.
El carpincho con su pareja y crías
se acercó a mí,
tenía una mota de pasto en la boca
que arrojó a mis pies.
Significaba que éramos amigos.
Recorriendo
Camino por los campos
de los colibríes que sorben rosas,
me aferro a lo mágico
para contener mi fragilidad,
ahí aparecen esos recuerdos
que no me lastiman en el futuro
aunque a veces lo hacen
como un rayo con poca luz
que da una leve descarga.
Me detengo junto al charco
del tamaño de un puño,
un renacuajo nada en círculos.
Por fin alguien
rechaza el mundo dado
y espera la iluminación
bebiendo agua.
Cerca de la casa
rodante
Camino junto
a un puerco espín
y sus sueños
protegidos por espinas,
la única manera
de tocarlo
es con una rama.
Levanta el hocico,
busca caricias
y fija su mirada en la mía.
Sus sentimientos
quieren salir
y me siento
como un minero
que descubre
esmeraldas.
Un nuevo amigo
Terminé de comer
y puse el plato en la mesada
de la casa rodante.
Pasé la tarde tratando de sacar
a una ardilla escondida
en algún rincón,
cuando llegó la noche
desistí y me fui a dormir.
La escuchaba masticar nueces
de a pequeños mordiscos
como hacen los niños
con los chupetines.
A todo animal
le corresponde descifrar
un acertijo.
Prendí la lámpara,
y me puse a escribir,
¿si el bosque
representa el misterio,
el escorpión nacido
de su humedad, qué?
Sentí un golpe
debajo de la cama
y una voz chillona:
El secreto.
Sobre la fauna sintiente
Fui por la loma
al mercado en el bosque
y de pronto quedé en medio
de una manada de liebres
que huían de un zorro.
Una me golpeó y cayó aturdida,
le faltaba una de sus patas.
¿Cómo soportaste el dolor?
Movió el hocico y salió corriendo.
Desearía aprender
el lenguaje de lo silvestre.
Cuando llegué al puesto de Marta,
me esperaba la jaula
con un topo adiestrado
que le encargué,
desde niña le enseñaron
el arte de la topomancia para el cultivo.
Llevé a la criatura a mi huerta,
comenzó a cavar túneles y un pozo.
Llegada la noche me fui a dormir
y al día siguiente el hueco estaba lleno
de zanahorias, remolachas y jengibre.
Compartir es la primer palabra
que aprendimos.
Cuando entro al bosque
Los pájaros chillan
en vez de cantar,
me insultan
por pisar su territorio,
el zorro no,
se acerca para mostrar
que puede echarme.
A cambio de unos huevos
me lleva a un lugar
lejos de los lobos
para que junte la leña que quiera.
Enciendo el fuego en la cabaña,
aparece el perfume del eucaliptus
y me invaden las ganas de aullar.
Pero no sé hacerlo,
me imagino rezando
en el borde de un pantano,
tal vez sea esa la forma
de mi aullido.
Las menonitas del
bosque
El zorro me guió
hasta un río rodeado de árboles,
la humedad era tanta
que las setas tenían
el tamaño de un melón
y los sapos las usaban de asiento.
Llenando la canasta
llegué a una cascada
y encontré en su desembocadura
a varias mujeres sin ropa
bañándose con baldes.
Sin querer se me cayó
el reloj al agua y me vieron.
Se fueron corriendo
con sus largas cabelleras rubias
que la religión les prohíbe cortar.
Bajé por las rocas,
vi vasijas con gusanos de seda
y rucas para elaborar prendas.
No encontré el reloj
pero me llevé un pañuelo
con un zorro bordado.
Recorrido por la sierra de los padres
Tropecé con una piedra
y encontré el cráneo
de un animal.
Los colmillos se curvaban
por fuera de la mandíbula,
moví las demás rocas
y el esqueleto quedó expuesto.
Era un Smilodon,
tigre dientes de sable.
de las órbitas oculares
salieron escorpiones,
unos pájaros picaron
sus costillas para hacer nidos.
Yo me llevé una mota de pelo pardo
que salía de la cola
y lo guarde en el herbario
como una nueva flor.
*
Me paro a la orilla del lago,
las nutrias giran en el agua,
abrazan a sus cachorros
contra la barriga.
Las que no tienen
se abrazan así mismas
entrelazando los dedos
como un rezo.
En vano intento preguntar
por qué son felices,
huyen sin decirlo.
Alrededor mío
mariposas y abejorros
comparten el mismo polen.
El silencio es el idioma,
las palabras lo ilusorio.
El viejo
Por la mañana arrojo un palo
al otro lado del rio
y el perro lo trae a la noche.
Le gusta cumplir promesas
a pesar de que apenas
puede moverse.
Cuando llega
me da en la mano lo que trae,
se sienta cerca del fogón
y comemos juntos
en un silencio animal.
Ritual de invierno
Pruebo la nieve
de la cabaña,
tiene un sabor
parecido al agua del lago
y sé que estará en mi mente
porque es otro mensaje
que le robo a la tormenta.
A mis pies hay un sapo
sobre la corteza de un pino,
lo agito en el aire
y aparece el sol.
Ya me parecía
que era un brujo.















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